Un hombre recorre cada día las calles de Vallekas empujando una bicicleta desvencijada. Entre la basura siempre descubre cosas que cree vendibles y las guarda dentro de una enorme alforja de plástico que cubre su bicicleta. Al anochecer, cuando llega al lugar donde va a mostrar su mercancía, apenas puede arrastrar el peso de la carga. Algunas veces, paro ante las sábanas tendidas sobre la acera por si encuentro algo que apacigüe al Diógenes que seré. Y antes de deshacerme de algún objeto medianamente útil, suelo ofrecérselo. Siempre me lo agradece, sin más, como si fuera la primera vez que me ve. Pero hace unas semanas le llevé unos triángulos de señalización (de esos que se reproducen en los maleteros de los coches) y me pidió que cogiera algo a cambio. Como no veía nada que me interesara, y él insistía, opté por llevarme dos cuadros: un bodegón y el retrato de un payaso. Cuando llegué a casa y pude contemplarlos a la luz, me parecieron espantosos. No los describiré pero, sin duda, estaban pintados por alguien que, al dar la pincelada final, tuvo la certeza de que era mejor abandonar la idea de pintar.
PHOTextos based on a true story
11 de septiembre de 2011
Segundas oportunidades
Un hombre recorre cada día las calles de Vallekas empujando una bicicleta desvencijada. Entre la basura siempre descubre cosas que cree vendibles y las guarda dentro de una enorme alforja de plástico que cubre su bicicleta. Al anochecer, cuando llega al lugar donde va a mostrar su mercancía, apenas puede arrastrar el peso de la carga. Algunas veces, paro ante las sábanas tendidas sobre la acera por si encuentro algo que apacigüe al Diógenes que seré. Y antes de deshacerme de algún objeto medianamente útil, suelo ofrecérselo. Siempre me lo agradece, sin más, como si fuera la primera vez que me ve. Pero hace unas semanas le llevé unos triángulos de señalización (de esos que se reproducen en los maleteros de los coches) y me pidió que cogiera algo a cambio. Como no veía nada que me interesara, y él insistía, opté por llevarme dos cuadros: un bodegón y el retrato de un payaso. Cuando llegué a casa y pude contemplarlos a la luz, me parecieron espantosos. No los describiré pero, sin duda, estaban pintados por alguien que, al dar la pincelada final, tuvo la certeza de que era mejor abandonar la idea de pintar.
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