PHOTextos based on a true story
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26 de septiembre de 2011

Rotura



El hombre con síndrome de Diógenes que seré espía a ratos al hombre con síndrome de Diógenes que ya es. Vive a cinco manzanas de aquí, okupando una vieja casa de una planta. Cada vez que pasa por su patio, se detiene al menos durante un cuarto de hora frente a esta caja, con la aflicción de quien reza ante una sepultura. Tomo la fotografía con la certeza de que lo que ambos vemos es nuestra propia rotura.

11 de septiembre de 2011

Segundas oportunidades



Un hombre recorre cada día las calles de Vallekas empujando una bicicleta desvencijada. Entre la basura siempre descubre cosas que cree vendibles y las guarda dentro de una enorme alforja de plástico que cubre su bicicleta. Al anochecer, cuando llega al lugar donde va a mostrar su mercancía, apenas puede arrastrar el peso de la carga. Algunas veces, paro ante las sábanas tendidas sobre la acera por si encuentro algo que apacigüe al Diógenes que seré. Y antes de deshacerme de algún objeto medianamente útil, suelo ofrecérselo. Siempre me lo agradece, sin más, como si fuera la primera vez que me ve. Pero hace unas semanas le llevé unos triángulos de señalización (de esos que se reproducen en los maleteros de los coches) y me pidió que cogiera algo a cambio. Como no veía nada que me interesara, y él insistía, opté por llevarme dos cuadros: un bodegón y el retrato de un payaso. Cuando llegué a casa y pude contemplarlos a la luz, me parecieron espantosos. No los describiré pero, sin duda, estaban pintados por alguien que, al dar la pincelada final, tuvo la certeza de que era mejor abandonar la idea de pintar.




Después de sufrirlos unos días, pensé que los lienzos se merecían una segunda oportunidad (o al menos el intento), aunque el resultado no fuera mejor... Se la iba a dar yo, que únicamente pinto cuando me aburro en las reuniones de trabajo. Empecé a pensar en el hombre que me los dio y en quienes los habían pintado antes... en la incomunicación y en todas las clases de soledad... en la segunda oportunidad que nadie tuvo y en que ojalá fuera tan fácil pintar sobre los errores como sobre un lienzo y en que, por muchas capas de pintura que echase, la mirada del payaso seguiría debajo... Los terminé en un fin de semana. Como al dar la pincelada final tuve la certeza de que era mejor abandonar la idea de pintar, los llevé de regreso adonde los había conseguido. Esta vez el hombre no me ofreció nada a cambio. Cuando volví a los dos días, los cuadros no estaban sobre las sábanas. De ellos sólo conservo las fotografías que tomé antes de entregarlos. Supongo que ahora alguien estará pintando sobre ellos una nueva oportunidad.

4 de septiembre de 2011

Sala de estar


Martes. Salgo a la calle. Frente a la puerta, entre los contenedores de basura, un hombre trata de arrancar las tripas de un televisor, pero no puede. Me pide ayuda para que sujete de un lado mientras me habla del valor del plomo y del cobre. Al despedirnos, le doy un abrazo tímido. Me dice que hace años que nadie lo abraza. Miércoles. Me espera en la puerta. Hasta que su mujer lo abandonó, reparaba radios y televisores. Ahora los destroza. Lleva nueve años en la calle, tres neumonías y un brazo roto por una paliza en un fotomatón. Jueves. Habla con nostalgia de su abuela y de su pueblo, en Toledo. Viernes. Lo he estado pensando: "¿Por qué no regresas al pueblo? Te dejas querer por tu abuela, comes bien, ganas peso, respiras aire puro, te recuperas, vuelves y yo te ayudo a encontrar trabajo". Sonríe. Sábado. Le compro algo de ropa y el billete de autobús para mañana. Se ducha y afeita en mi casa. "Tú me has invitado a tu casa y yo quiero invitarte a la mía antes de irme", me dice. Tomo una fotografía de la sala de estar, en el soportal de un edificio abandonado. Ojalá el pájaro pintado sea un símbolo. Domingo. Lo acompaño a la estación de autobuses. Tras la ventanilla sonríe y llora a la vez. Junta las manos en gesto de agradecimiento. Lunes. Paso el día pensando que he hecho la buena obra de mi vida y que las puertas del paraíso por fin se han abierto para mí. Martes. Salgo a la calle. Frente a la puerta, entre los contenedores de basura, lo encuentro. Nos miramos con dos formas diferentes de vergüenza. Ni siquiera nos dijimos nuestros nombres. Damos media vuelta sin decirnos nada. No lo he vuelto a ver.

23 de junio de 2011

Dentro


Te pregunto por la asfixia y me hablas de puertas y ventanas tapiadas. No quería conocer otras formas de egoísmo... ya he visto lo fácil que es aniquilar un lugar y un tiempo. Dices que puedes transformar una casa en una jaula de vacío con un saco de cemento y unos cuantos ladrillos, pero no te das cuenta de que, dentro, en el cajón de una cómoda, alguien siempre deja un inventario de la memoria: 47 sueños sin cumplir, 3 cumplidos, 11 nacimientos, 2 abortos, 58 peleas, 212 insultos, 4032 lágrimas, 0 disculpas, 1134 risas, 309 abrazos, 1 te quiero, 1 despedida...

Y tampoco eres capaz de ver que, fuera, un enjambre de deseos no encuentra la entrada: hace frío, quiero vivir contigo, esta mesa quedaría perfecta en la cocina, mañana tengo una entrevista, abrázame, no te mueras...


Tomo unas fotografías que huelen a autorretrato, y me quedo con ganas de derribar las paredes a martillazos... Los recuerdos encerrados podrían darse y el futuro tendría un sitio sobre el que posarse.

16 de enero de 2011

Ojalá...

La máquina excavadora deja de roer los muros. Hay pedazos de ladrillo esparcidos por el asfalto como salpicaduras de sangre, y las tripas de las casas se pudren al sol perezoso del invierno. Es mediodía y el operario se marcha a comer, no sin antes volverse un instante para examinar su obra con satisfacción (los niños siempre hemos levantado castillos de arena para arrasarlos después a pisotones). Otro hombre observa a cierta distancia. Las grietas de su cara hablan de las noches en la calle, y la mirada dolorida sobre las tejas derribadas, de que acaba de perder un techo. Lleva una bolsa deportiva al hombro. Entre la cremallera rota asoman la imagen enmarcada de una mujer y el óxido de un cacillo. Deja caer la bolsa al suelo y me pregunta si puedo vigilar su equipaje, que es todo lo que tiene. Lo ha llamado así, equipaje. Asiento. Rebusca entre los escombros un bote de pintura azul. Se acerca a la pared y escribe ...ojalá... lentamente ...que me vaya... como en un Cuaderno Rubio ...bonito. Regresa para recoger la bolsa. Me mira sin esperar palabras a cambio. Ojalá, le digo. Sonríe. Quiero tomar una fotografía, pero antes aparto la mirada del visor para verlo alejarse, atrapado en las calles de Vallekas como un ratón en su laberinto.